Equidad e igualdad: dos caminos para una misma justicia

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El equilibrio entre la dignidad compartida y las circunstancias individuales: cómo construir una sociedad donde la regla común no perpetúe la desventaja.

 

 

Por Claudia Benitez

HoyLunes – Llegamos a la última parte de esta reflexión después de recorrer una inquietud que, en realidad, genera más preguntas que respuestas:

¿Cómo podemos utilizar la igualdad para garantizar los mismos derechos y la equidad para evitar que las diferencias de circunstancias conviertan esos derechos en privilegios para unos y en promesas imposibles para otros? ¿Cómo podemos, en definitiva, garantizar la justicia de una manera distinta a la acostumbrada?

Primero hablamos de equidad: de la necesidad de reconocer que las personas no siempre parten del mismo lugar, que nuestras circunstancias son diferentes.

Luego hablamos de igualdad: de la idea que utilizamos socialmente y que llegamos a definir desde la posibilidad de construir una sociedad en la que todos tengan los mismos derechos.

Ahora podemos volver a la pregunta inicial: ¿qué es la justicia?

Quizá la justicia no consista en elegir entre igualdad y equidad.

Quizá consista en establecer un equilibrio entre la sociedad que deseamos y la realidad que vivimos, tanto individual como colectivamente.

La igualdad nos recuerda algo esencial: nadie debería tener menos derechos por ser quien es o por las circunstancias en las que nació.

La equidad, en cambio, nos recuerda que reconocer los derechos sobre el papel no siempre es suficiente. Hay situaciones en las que es necesario remover obstáculos, ofrecer apoyos o generar condiciones diferentes para que esos derechos puedan ser ejercidos realmente.

Dicho de otra manera: la igualdad mira la dignidad que compartimos; la equidad las diferencias que existen entre nosotros.

La igualdad mira la dignidad que compartimos; la equidad, las diferencias que existen entre nosotros. Y una sociedad verdaderamente justa necesita mirar ambas cosas al mismo tiempo.

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Partir del mismo punto no garantiza la misma oportunidad; la justicia se construye ajustando el terreno a la realidad de cada corredor.

Y una sociedad verdaderamente justa necesitara mirar ambas cosas al mismo tiempo.

Pensemos nuevamente en aquella carrera de la que hablé en uno de los artículos: “Las personas reciben las mismas zapatillas, la misma camiseta y la misma línea de salida.

En apariencia, todos están siendo tratados por igual. Sin embargo, uno de los corredores tiene una lesión, otro lleva años entrenando, otro nunca ha tenido acceso a un lugar donde practicar y así cada uno con sus condiciones particulares…”.

La igualdad podría decir: todos tienen derecho a participar.

La equidad podría responder: algunos necesitan determinadas condiciones para poder hacerlo.

La justicia debería preguntarse si, al final, todos tuvieron una oportunidad razonable de llegar.

No se trata de premiar a unos y castigar a otros.

Tampoco de convertir toda diferencia en una desigualdad que deba ser corregida o eliminada.

Se trata de distinguir. Y distinguir es mucho más difícil que repartir.

Porque para repartir solo basta con contar.

Hacer justicia, en cambio, exige comprender por qué una persona necesita una ayuda que otra no necesita, cuándo una diferencia es legítima y cuándo se convierte en una barrera, cuándo una política aparentemente igualitaria termina reproduciendo una desigualdad que ya existía.

También exige algo que no siempre nos gusta: revisar nuestros propios prejuicios.

Porque muchas veces llamamos “privilegio” a aquello que no necesitamos y llamamos “justicia” a aquello que nos beneficia.

La igualdad nos dice: todos tenemos el mismo valor.

La equidad nos pregunta: ¿qué necesitamos para que ese valor pueda traducirse en oportunidades reales?

Y la justicia, quizá, sea el puente entre ambas.

Una justicia que no se limite a mirar si la regla es igual para todos, sino que también observe qué ocurrió cuando esa regla entró en contacto con realidades diferentes.

Una justicia que no confunda igualdad con uniformidad.

Una justicia que tampoco convierta la diferencia en una excusa para establecer privilegios.

Al final, la pregunta más importante no es cuánto recibe cada uno, ni si debemos protegernos de la diferencia.

Es si aquello que hacemos como sociedad permite que nadie quede condenado a una desventaja simplemente por las circunstancias que le tocaron al nacer.

Porque una sociedad justa no es necesariamente aquella en la que todos reciben exactamente lo mismo.

Es aquella que entiende que la igualdad nos reconoce como iguales en dignidad, mientras que la equidad nos ayuda a construir las condiciones para que esa dignidad pueda vivirse en la realidad.

Y quizá ahí, justamente ahí, comienza la justicia.

Claudia Benitez.
Claudia Benitez. Escritora

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